¿Qué problema resuelve el arte?

Reflexiones sobre el arte — Parte 2 de 3

Vivimos en una época obsesionada con resolver. Todo tiene que servir para algo, optimizar algo, generar algo. Y bajo esa lógica, el arte parece quedar siempre afuera. Pero quizás justamente ahí esté su poder.

El «problema» de no resolver problemas

A simple vista, el arte no resuelve ningún problema. Ese es, paradójicamente, el problema principal con el arte: no nos da un rédito monetario inmediato. Por eso hay tantos artistas enormemente talentosos viviendo vidas precarias. No porque su trabajo no valga, sino porque el mundo aprendió a medir el valor de una sola manera.

Pero hay un problema, uno muy importante, que el arte sí resuelve. Y no se ve a primera vista.

El arte como registro de la humanidad

A lo largo de los siglos, el arte cuenta una narrativa: la historia del ser humano. Es la forma más natural que tenemos de plasmar lo que nos pasa en el momento, de dejar un registro de quiénes fuimos. Marcó formas de pensar, definió estilos, atravesó épocas. Y no es casualidad que cada vez que alguien quiso cambiar el mundo, recurrió al arte.

Ese es el problema que resuelve. Cuando somos lo suficientemente valientes como para practicarlo —aun cuando no tenga un valor resolutivo inmediato—, el arte lentamente marca momentos, escribe una narrativa y, como resultado, cambia el mundo y aporta cultura.

El coraje de crear sin rédito inmediato

Hacer arte hoy es casi un acto de rebeldía. Es animarse a dedicarle tiempo a algo que no promete una recompensa rápida, confiando en que su valor es de otra clase: más lento, más profundo, más duradero.

Tal vez no resuelva el problema de hoy. Pero deja huella en la historia de mañana.


Cada obra que creo es mi pequeño aporte a esa narrativa colectiva. Si querés sumar una de esas historias a tu espacio, te invito a conocer mi trabajo.

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