Reflexiones sobre el arte — Parte 3 de 3
Si el arte no siempre resuelve problemas y no siempre da rédito, entonces, ¿por qué seguimos haciéndolo? La respuesta, creo, es la más íntima de las tres preguntas.
De lo intangible a lo tangible
Hacemos arte para plasmar nuestra propia interpretación del mundo y de los hechos. Para expresarnos, para descargar emociones que de otra forma no encuentran salida. Hacemos arte para pasar ideas de lo intangible a lo tangible: ese momento tan único en el que materializamos lo que estamos pensando a través de la composición, el color y el material. Es, simplemente, maravilloso.
El arte nos mantiene presentes. Nos deja contar y plasmar una historia para que quede en el mundo, aunque sea un pedacito.
Una descarga, un respiro
Más allá de cualquier resultado, hacer arte es un acto de cuidado personal. Es un espacio para soltar, para procesar, para volver a habitarnos. En un mundo que nos pide rendir todo el tiempo, el arte es ese refugio donde no hace falta rendir nada.
En mi caso: porque me hace feliz
Voy a ser honesta. En mi caso, yo hago arte porque, simplemente, me hace feliz.
Poder estar un rato concentrada en pintar —sin pensar en el tiempo, en la productividad ni en el valor que aporto— me da paz. Me da respiro. Me lleva a volver a sentirme humana.
Y creo que esa es, al final, la mejor razón de todas. No hace falta justificarlo más allá de eso.
Si alguna de mis obras te hace sentir aunque sea un poquito de esa misma paz, entonces ya cumplió su propósito. Te invito a recorrerlas y encontrar la que te haga volver a sentirte vos.
Esta fue la última parte de la serie «Reflexiones sobre el arte». Gracias por leer.